La mayoría de las veces llegamos a los libros con la mente confusa y dividida, exigiendo a la ficción que sea verdad, a la poesía que sea falsa, a la biografía que sea aduladora, a la historia que refuerce nuestros propios prejuicios. Si pudiéramos desterrar todas esas ideas preconcebidas cuando leemos, sería un comienzo admirable
Virginia Woolf
Están allí,
en los estantes,
en las bibliotecas,
en las librerías,
esperando, como espera,
aquella persona,
para ser invitada a bailar,
mientras la música suena.
En el caso de los libros,
ellos esperan,
aquellas manos que los toman,
los abren y permiten ver
dentro de sus hojas,
lo que los ojos traducen,
lo que los dedos palpan:
palabras, ideas, historias,
protestas, cuentos,
comedias, tristezas,
alegrías, teorías, alegorías,
amenazas… esperanzas,
y tantas, y tantas cosas más.
Los libros encierran,
un mundo propio,
un propio sentido.
Desde que aparecieron
y se convirtieron
en la posibilidad
de poder ampliar
el conocimiento
y el desarrollo de los sentidos,
los libros han pasado
por diversos momentos,
en la historia de la humanidad.
Han sido prohibidos,
censurados, incautados,
quemados, olvidados,
despreciados, amados,
imitados y han llegado
a ser considerados
una especie de deidad.
Fuente y base de religiones,
filosofías, culturas, historias,
legados y testimonios,
sus páginas ofrecen lecturas,
que nos transportan
en el tiempo, en el espacio
en un viaje interior,
cuyo entorno
lo diseña y construye
nuestro propio ser.
Allí están,
y seguirán estando,
esperando, esperándonos,
a ser escritos, a ser editados,
a ser leídos,
a no ser olvidados.
Porque la lectura,
nos seguirá cuidando,
evitando,
el mal de la ignorancia,
el fanatismo y la mediocridad,
en la medida en que
hacer hábito de ella
nos permita formar
una propia manera de pensar,
junto a una adecuada forma de criticar,
cuestionar e interpelar,
el mundo de las ideas,
que los libros guardan,
y que traerán.
No olvidemos,
leer, leer
para comprender (y comprendernos).
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