jueves, 2 de febrero de 2017

Representar

Este momento, como todos,
es uno muy bueno si es que sabemos qué hacer con él
Ralph Waldo Emerson

Faltan pocos días
para que te acerques a una urna
y deposites tu voluntad
expresada en un voto
para  ser representado
por el político de turno.

En política y en democracia,
la representación no es para nada
una carta en blanco
para que el político haga lo que le da la gana,
una autorización sin límites,
para disponer de dinero y bienes,
una entrega total de poder,
para que el político decida
cómo debes pensar,
o cómo debes ser.

En política y en democracia,
la representación no es para nada
la liberación de rendir cuentas,
de dineros y bienes de todos los ciudadanos.
No es, ni debe ser,
la creación de una casta
de políticos en el poder
que actúan al margen de la ley,
a los cuales la justicia no llega,
peor aún el castigo,
y ni se diga la cárcel.

En política y en democracia,
la representación no puede, ni debe ser,
la utilización indebida, agresiva e ilegal,
de instituciones del estado,
para beneficio de unos cuantos,
que se dicen apoderados,
de la voluntad de un pueblo,
que distraído por entuertos y manipuleos
que logran desviar la atención
de lo que de verdad importan,
hasta que se descubre
que  lo que se discute
no es trascendente, ni importante
ni útil, para el presente y el futuro común.

La representación en política,
y también en democracia,
debe ser el honor de llevar a los hombros
la esperanza de todos,
la ilusión de muchos,
el futuro común,
de mujeres y hombres,
que confían en la palabra,
en el discurso y en la promesa,
del político que pide la oportunidad
de lo que llamamos representar.

No elegimos dioses,
caudillos o reyes.
No elegimos absolutos,
ni dueños del todo.
Elegimos representantes,
elegimos personas sensibles,
que entienden que su condición es transitoria,
y que en esa transitoriedad,
deben representar los sentimientos
y anhelos de todos,
y trabajar por construir y no destruir,
por honrar y no deshonrar,
en definitiva representar,
sin ponerse a pensar
en convertirse en dioses de barro
o en héroes falsos,
que gritan lo buenos que son,
mientras de sus bolsillos se cae,
el dinero de la corrupción y la barbarie.