jueves, 7 de agosto de 2014

Yo vengo a ofrecer mi corazón

Mis venas no terminan en mí,
sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida,
el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos.
Roque Dalton

Esta semana,
se cumplieron, en silencio,
sesenta y nueve años
de un momento negro:
el lanzamiento de la bomba atómica
en Hiroshima…
Un momento
en el que la humanidad
o parte de ella,
demostró que poco importaba
el derecho a la vida
frente a la locura de la guerra.

Luego del lanzamiento de la bomba atómica,
vino un momento de reflexión…
Las personas, durante muchos años,
las sociedades víctimas de la guerra,
los gobiernos y las naciones,
en una especie del declaración universal
declararon su oposición a la violencia,
declararon su respaldo
al respeto de los derechos humanos,
se comprometieron con la paz,
escribieron normas y normativas
que promovían la paz.
Hicieron un llamado
a las sociedades y a las naciones
en torno a la paz y a la convivencia pacifica.

A sesenta y nueve años
de un hecho macabro
que condenamos todos los seres humanos,
parecería una locura
que el mundo se siga matando,
que las sociedades se odien,
que las religiones nos separen,
que los políticos nos digan qué hacer,
sin saber ellos lo que hacen.

Yo vengo a ofrecer mi corazón,
en momentos en los que parece
que todo está perdido,
en momentos de olvido,
en momentos de tristeza,
con muertes que se cuentan por cientos,
en acciones de guerra
que nos dejan solamente vergüenza.

Ofrecer el corazón,
es como oírse uno mismo
 preguntarse si puede dormir,
cuando hay un niño que no puede dormir
porque su casa ya no existe
porque la guerra la destruyó.

Ofrezco el corazón,
para unirlo con otros,
con otros corazones,
pero no como discurso,
sino en hechos de esta vida.
Mientras ofrezcas  el corazón,
nada está perdido.

Esto es por Palestina,

por sus niños que mueren día a día.