La muchedumbre es juez despreciable
Cicerón
Uno de los principios
de un estado de derecho,
que tiene que ver con la persona,
es la llamada presunción de inocencia.
Dicho de otra manera:
la condición de inocencia
de un ser humano,
es connatural con el hecho de ser persona.
Somos inocentes,
hasta que se demuestre,
mediante un debido proceso,
de que debemos responder
por alguna falta o delito.
A pesar de ello,
a pesar de esto,
la historia registra
una innumerable serie de juzgamientos
a personas de todo tipo
de toda condición
que fueron juzgadas
vilipendiadas y sancionadas,
por todos, menos,
por la autoridad competente.
A esto se llama,
un juicio paralelo,
cuando el enjuiciamiento
nace del público, de los medios,
o de toda fuente ajena a los tribunales.
En el juicio paralelo,
quien declara culpable o inocente,
a una persona,
son los medios de comunicación,
las redes sociales,
y una parte anónima o no,
de la llamada
opinión pública.
Esta declaratoria,
llega mucho antes
que cualquier sentencia
de un juez o tribunal,
pues “la gente” busca,
espera y hasta necesita
una respuesta rápida,
hechos impactantes,
voces acusatorias,
un culpable,
un nombre, un acusado,
alguien a quien señalar,
y en algunos casos,
alguien a quien desear la muerte.
No es menos cierto,
que también es un derecho,
el pedir y preocuparse,
porque la administración de justicia,
cumpla con su rol
y que el debido proceso logre
encontrar al culpable
y que éste,
pague su pena,
conforme a la ley y la norma.
Pero ese derecho,
no puede ser jamás
un juicio paralelo.
La peligrosa costumbre,
de convertirnos en juzgadores,
en alimentarnos
de juicios paralelos,
nos puede llevar a olvidar
los elementos básicos
del sentido común,
del sentido de la humanidad,
y de los elementos constitutivos
de la dignidad.
El fin, no puede jamás,
justificar los medios.
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