La democracia se construye en las urnas, pero se sostiene con la integridad y la responsabilidad de nuestros actos cotidianos
Refrán popular
Cuando los ciudadanos
son convocados a las urnas,
surge la reflexión
y la preocupación:
de si el votar constituye
aquella responsabilidad
de una ciudadanía
que aspira vivir en democracia.
Las respuestas,
casi inmediatas,
dicen que no,
que el votar,
solamente es una parte,
que la otra parte
la cumplen los elegidos
que deben ejecutar
lo prometido,
sin que ello sea
un acto extraordinario,
que haya aplaudir
o admirarse por cumplirlo;
y, otra parte
de esa ecuación democrática,
la cumplen los electores
ejerciendo su condición
de ciudadanos,
con responsabilidad ética.
Entonces,
acudimos a votar,
haciendo uso de algo llamado
pensamiento crítico.
Quiere decir,
leer la propuesta del candidato,
hacer una crítica constructiva,
si es posible, preguntas directas,
o, conversaciones reflexivas
que nos permitan entender
de mejor forma,
cualquiera de las propuestas.
Este ejercicio, evitaría,
votar “con el estómago”
y no con el cerebro.
La responsabilidad ética
de los ciudadanos,
implica,
a más de ese voto razonado,
algo llamado cultura cívica,
que no es otra cosa
que el saber ser,
el saber comportarse,
el saber actuar,
el saber corresponder,
en los espacios cotidianos
de la vida misma:
convivencia familiar,
convivencia laboral,
normas de tránsito,
honestidad en los actos
(cuando nos ven y cuando no nos ven),
tolerancia a las opiniones divergentes,
búsqueda del bien colectivo.
No pidamos liderazgos extraordinarios,
si favorecemos comportamientos ordinarios,
si aplaudimos la viveza criolla,
la corrupción a pequeña escala,
las violencias culturales, digitales
y los esfuerzos de mínimos.
Esa es la tan necesaria
responsabilidad ética,
que no solamente es parte de la democracia,
sino su sostén, fundamento
y razón de ser.
Ningún liderazgo populista
sobrevive a una sociedad
con conciencia y responsabilidad ética.