Somos reemplazables.
Por alguien mejor o peor,
nunca igual.
No acepten lo habitual como cosa natural pues en tiempos de desorden sangriento, de confusión organizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar
Bertolt Brecht
¿Quién lucra
del caos de una sociedad?
¿Quién aumenta su riqueza,
a raíz de cruentas
y sangrientas guerras?
¿Quién se aprovecha
de una desgracia natural,
para estafar
al mismo prójimo
que acaba de perderlo todo?
¿Quién,
tras un disfraz,
una cámara y un micrófono
vende la promesa
de un mundo mejor,
sin especificar que esa oferta
es para él
y no para los otros?
¿Quién o quiénes,
aprendieron
que la formar de lucrar
y de gobernar
es mantener en la ignorancia total,
a aquellos que los eligen,
una y otra vez?
Muchas preguntas,
pocas respuestas,
algunas porque no se conoce,
otras, porque no conviene responder,
por miedo, por temor,
por amenaza, por conveniencia.
El tiempo nos ha llevado
y nos lleva,
a dar por sentadas las cosas,
las situaciones,
las condiciones
y la vida misma,
al punto de llegar a pensar,
que nada puede cambiar.
Entonces,
los nombres escondidos,
tras esos “quiénes”,
se anotan un celebrado triunfo,
porque se llega a aceptar
como algo natural
que vivamos en deshumanidad.
Para llegar
a este hoy,
con rostros y rasgos inhumanos,
hemos debido transitar
un largo camino,
por ello, para poder cambiar,
habrá que transitar
un buen trecho más.
Y para que ese cambio exista,
debemos restaurar la humanidad,
eso que hemos perdido:
empatía, compasión y conexión social.
Dejar de tratarnos como objetos,
números o herramientas
en lugar de seres humanos
con dignidad.
Esa es la única forma,
de hacer frente
a la confusión organizada,
a la arbitrariedad consciente
y a la humanidad deshumanizada.
No perdamos,
por favor,
las ganas, el deseo
y la acción por el cambio bueno.
Mirando el horizonte,
le dijo:
ya se fueron mis padres,
también mis hijos;
a destinos distintos.
En algún momento
me iré yo -agregó-
… aún no sé a dónde.