¡Sé la paz que deseas ver en el mundo!
Martin Luther King, Jr.
Cada gobernante que llega,
cada gobernante que se va,
trae y lleva, trae y deja,
personas… ciudadanos,
que se convierten
en parte de un servicio,
del fundamental servicio público.
Un servicio,
que comporta,
un complejo sistema de jerarquías
y que con el tiempo,
ha tomado ribetes
de pequeños feudos
y de pequeños reinos,
que al final, se transforman
en estados propios,
con un sistema de servidumbres,
donde se ha desarrollado
todo tipo de conductas,
muchas,
ajenas a las buenas costumbres.
No son todos,
es verdad,
pero es verdad,
que el sistema en sí,
-del servicio público-
es un sistema caduco,
complejo y atado
a una serie de normativas
que lo convierten
en todo menos en servicio
y peor aún, para el público.
Frente a ello,
más allá de las reformas legales,
es necesario reflexionar
que la autoridad pública,
que el servicio público
es una responsabilidad,
que conlleva una doble obligación:
el bien común,
y el bienestar de todos.
Debemos rechazar
y cambiar de plano
el concepto y práctica
de un servicio público
de una representación púbica,
que actúa para fragmentar
el interés público, en intereses parciales.
El interés público,
la autoridad pública,
debe llevar implícito
un ejercicio de la ética
y de la moral
en lo más profundo de su concepción
y de su práctica.
Una autoridad debe ser firme,
lo cual no significa
que pueda despreciar
a quienes no piensan igual.
Discrepamos, es verdad,
eso es natural y sano,
lo que no cabe es humillar
a quienes piensan igual
y a quienes piensan diferente.
Otras caras de la seguridad,
en estos tiempos,
son servidores y servicios públicos,
que se conviertan en refugio
en compañía y apoyo a los ciudadanos.
Menos manos aplaudiendo a los jefes
y más manos trabajando.
Menos manos intentando acallar
el grito, el dolor y la indignación
y más manos siendo lo que de verdad,
necesita nuestra sociedad.